Estado De Espíritu Del Terapeuta

Más allá de la técnica, la actitud

La calidad de un cuidado no depende únicamente de lo que hacemos con nuestras manos, sino también del lugar interior desde el que acompañamos.

La técnica es necesaria. Pero no es suficiente.

Un terapeuta puede conocer perfectamente los gestos, los protocolos y las diferentes técnicas de cuidado.

Pero existe una pregunta mucho más profunda:

¿Desde dónde estoy realizando este cuidado?

En las Terapias Esenias y Egipcias, la actitud interior del terapeuta forma parte de la propia práctica.

No se trata solamente de aprender a hacer. Se trata también de aprender a estar.

El terapeuta trabaja sobre sí mismo al mismo tiempo que aprende a acompañar al otro.

La relación triangular

La relación terapéutica no es simplemente: Terapeuta → Paciente

Existe un tercer elemento: La Fuente

o, según las palabras que cada uno utilice, lo Divino, la Inteligencia de la Vida, la Fuente de Vida.

La relación se convierte así en un triángulo:

Fuente  - Paciente -Terapeuta

Esta visión nos recuerda algo esencial:

No somos nosotros quienes sanamos.

El terapeuta no es la Fuente ni posee la fuerza de Vida. Puede convertirse, en el mejor de los casos, en un servidor consciente de ella.

No buscar resultado

Quizás sea una de las actitudes más difíciles de integrar.

Cuando alguien viene a nosotros con sufrimiento, es natural querer ayudarle. Y también es natural sentir satisfacción cuando observamos una mejoría.

Pero cuando el deseo de obtener un resultado se convierte en nuestra motivación, algo puede cambiar en nuestra manera de acompañar.

Los mejores resultados no siempre aparecen cuando intentamos producirlos.

Nuestro papel no es imponer una dirección al proceso del otro.

Acompañamos. Servimos. Hacemos lo que nos corresponde y dejamos espacio para que la Vida haga lo que le corresponde.

Esta idea aparece ya en el material tradicional de formación sobre el estado de espíritu del terapeuta.

Empatía y compasión

Sentir no significa absorber.

La empatía nos permite reconocer el sufrimiento del otro y acercarnos a él.

Pero si nos identificamos completamente con ese sufrimiento, podemos terminar perdiendo nuestra propia estabilidad interior.

La compasión nos propone otro movimiento:

Percibir el sufrimiento sin perdernos en él.

La empatía puede decir:

«Siento tu sufrimiento.»

La compasión añade:

«No voy a perderme en él. Voy a mantenerme suficientemente estable para poder ayudarte.»

El trabajo del terapeuta consiste progresivamente en transformar la sensibilidad en una presencia capaz de sostener.

Respetar el camino del otro

El terapeuta nunca posee todas las claves de la historia de una persona.

Podemos percibir.
Podemos intentar comprender.
Podemos recibir informaciones que resulten útiles para el acompañamiento.

Pero el camino profundo del otro no nos pertenece.

Por eso, una pregunta fundamental puede sustituir a muchas interpretaciones:

«¿Cómo puedo ayudarte?»

No necesitamos explicar la vida de la persona ni convertir nuestras percepciones en un veredicto.

Acompañar significa respetar.

Y quizá la compasión comience precisamente cuando aceptamos que no tenemos que saberlo todo para amar y acompañar.

Cuanto más elevamos la conciencia, menos manipulamos

Esta es una de las ideas que más me interesa incorporar de Los cuerpos sutiles del ser humano.

En los primeros niveles podemos hablar de intervención, de técnica y de trabajo concreto.

Pero a medida que nos acercamos a las dimensiones superiores, algo cambia.

En el físico

Intervenimos en la materia.

En el etérico

Favorecemos la circulación y la armonización.

En el astral

Calmamos y acompañamos.

En el mental

Clarificamos y liberamos.

En el causal

Intentamos acercarnos a una comprensión más profunda.

Y después aparece otra dimensión.

En el búdico

Aprendemos a amar, vincular y reunificar.

 

En el átmico

Aprendemos a alinearnos y a no imponer nuestra voluntad a la terapia.

Por eso, llegado cierto punto, la pregunta deja de ser:

«¿Qué técnica debo utilizar?»

y se convierte en:

«¿Desde qué estado de conciencia estoy realizando esta terapia?»

El terapeuta también trabaja sobre sí mismo

El cuerpo astral nos recuerda que sentir mucho no significa necesariamente acompañar bien.

Podemos ser extremadamente sensibles y, sin embargo, dejarnos arrastrar por las emociones de quienes acompañamos.

El verdadero trabajo consiste en desarrollar una sensibilidad suficientemente fina para percibir, pero también suficientemente estable para permanecer presentes.

Y cuando llegamos a la dimensión búdica aparece otra enseñanza:

amor, discernimiento, compasión, ausencia de juicio, respeto de la libertad y capacidad para no absorber.

No somos salvadores

Acompañar no significa rescatar.

No necesitamos cargar con el sufrimiento de la persona, vivir su proceso por ella ni sentir que somos responsables de su evolución.

El terapeuta no sustituye al otro.

No decide por él.

No vive su camino por él.

Está presente, acompaña y sirve.

Esta posición protege tanto al terapeuta como a la persona acompañada.

Una práctica interior

Podríamos cerrar la página con algo muy sencillo y muy nuestro:

Antes de cada cuidado

¿Estoy centrado?

¿Estoy buscando un resultado?

¿Estoy escuchando realmente?

¿Estoy respetando el camino de esta persona?

¿Estoy intentando hacer algo por ella o estoy disponible para acompañarla?

¿Estoy dejando espacio a la Fuente?

El lugar desde el que acompañamos también forma parte del cuidado

La calidad de una terapia no depende únicamente de la precisión de nuestras manos.

También depende del lugar interior desde el que las posamos.

Cuanto más avanzamos, quizá descubrimos que necesitamos hacer menos y ser más.

Más presentes.
Más conscientes.
Más humildes.
Más disponibles.

Y, sobre todo, más capaces de poner nuestra práctica al servicio de la Vida.