PRÁCTICA / MEDITACIÓN
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La práctica de la ofrenda del perdón y de la ternura

¿Para qué hacemos esta práctica?
Esta práctica nos invita a reconciliarnos con nosotros mismos, acogiendo con ternura aquello que necesita ser comprendido, apaciguado y liberado.
Nos ayuda a cultivar la compasión hacia nosotros mismos, a desactivar progresivamente ciertos conflictos interiores y a recuperar un espacio de paz y serenidad.

La práctica
Para esta práctica necesitaremos una rosa fresca, preferentemente hermosa y en buen estado. Cortamos el tallo por completo para poder colocarla cómodamente sobre una superficie plana.
Buscamos un lugar tranquilo, con una luz suave, donde podamos tumbarnos cómodamente y permanecer sin interrupciones.
Colocamos la rosa sobre el centro de nuestro pecho y nos concedemos unos instantes de silencio, sintiendo simplemente su presencia sobre nuestro cuerpo.
Comenzamos llevando las dos manos sobre el vientre. Respiramos libremente y con calma varias veces, dejando que cada inspiración llegue hasta el abdomen y favorezca una sensación de amplitud y relajación.
Después llevamos las manos hasta el diafragma y continuamos respirando de la misma manera, permitiendo que esta zona se relaje progresivamente.
Subimos después las manos hasta la parte superior del pecho. Permanecemos allí durante unas respiraciones tranquilas, sintiendo cómo el tórax se abre y se libera. Dejamos que la serenidad encuentre poco a poco su lugar en nosotros.
A continuación, extendemos lentamente los brazos a ambos lados del cuerpo, con las palmas de las manos hacia arriba.
Llevamos entonces nuestra conciencia hasta el centro de la rosa, situada sobre nuestro corazón. Percibimos su presencia, su delicadeza, su perfume y la sensación de protección y ternura que puede despertar en nosotros.
Nos tomamos nuestro tiempo y, desde esta conexión, invitamos interiormente la energía de amor, compasión, reconciliación y paz asociada a la rosa.
Dejamos que esta sensación se expanda desde el centro de nuestro pecho hasta todo nuestro ser. Permitimos que alcance también nuestra garganta y nuestra cabeza, como una onda suave y luminosa que trae serenidad.
Permanecemos así durante el tiempo que necesitemos, dejando que esta sensación de paz actúe en nosotros. Podemos sentir cómo algunos conflictos interiores comienzan a perder fuerza y cómo aparece la posibilidad de mirarnos con mayor compasión.
No necesitamos buscar palabras ni provocar nada. Simplemente acogemos lo que está presente y agradecemos interiormente aquello que estamos viviendo.
Cuando sintamos que la práctica ha llegado a su fin, respiramos lenta y profundamente y volvemos poco a poco a la conciencia de nuestro cuerpo, de nuestros brazos, nuestras piernas y nuestro entorno.
Finalmente, colocamos la rosa en un lugar limpio y tranquilo y la dejamos allí hasta que se seque. Podemos cerrar la práctica agradeciendo el momento vivido y, cuando lo consideremos oportuno, despedirnos de la rosa con respeto.
Esta práctica nos propone, ante todo, ofrecernos a nosotros mismos la ternura, la compasión y la serenidad que necesitamos.
Nota: Como esta práctica requiere una rosa física, es una de las pocas de nuestro material que implica preparar un elemento antes de comenzar. Creo que merece la pena mantenerlo porque precisamente la rosa es una parte esencial de la experiencia.

Fuente
Autor
Daniel Meurois
Libro
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