PRÁCTICA / MEDITACIÓN
Aprender · Practicar · Integrar
Un espacio de recursos para continuar profundizando en las Terapias Esenias y Egipcias, practicar por tu cuenta y enriquecer tu experiencia como terapeuta.
La conexión con el Ángel protector

¿Para qué hacemos esta práctica?
Esta práctica nos ayuda a establecer una conexión consciente con nuestro Ángel protector, abriendo un espacio interior de escucha, confianza y receptividad.
A través del corazón y del octavo chakra, aprendemos a formular una petición clara y a acoger la ayuda y la protección que puedan acompañarnos en nuestro camino, manteniendo después un espacio de silencio para integrar la experiencia.

La práctica
Tras encender una vela delante de nosotros, nos instalamos cómodamente, con la espalda bien erguida, en un lugar familiar en el que nos sintamos bien.
Dejamos que los ojos se cierren de forma natural.
Con la mente relajada y despejada, llevamos nuestra conciencia hasta el chakra frontal, conocido como tercer ojo. Para ello, dirigimos suavemente la mirada hacia el punto situado entre las cejas, hasta percibir una ligera presión entre los dos ojos, sin crear ninguna tensión.
Nuestra respiración será lenta y profunda, pero permanecerá libre y natural.
Puede que percibamos una luz azul o malva entre los ojos. Si aparece, simplemente dejamos que se manifieste, sin intentar provocarla ni modificarla. Lo importante es mantenernos relajados.
Con una respiración lenta, intentamos percibir una fina columna de luz que desciende desde nuestro chakra frontal hasta el chakra cardíaco, en el centro del pecho.
Seguimos interiormente esta fina columna luminosa. Al llegar al centro del pecho, su extremo genera una espiral de luz. Dejamos que esta espiral gire suavemente sobre sí misma, en el sentido de las agujas del reloj, a la altura de nuestro chakra cardíaco.
Mientras nuestra respiración se vuelve lenta y profunda y la espiral luminosa continúa girando, invitamos a que nazca en nosotros un sentimiento de compasión y de amor totalmente gratuito hacia todos los seres.
Ahora, con una respiración lenta, retomamos desde el centro del corazón el extremo de la espiral luminosa y hacemos ascender interiormente una fina columna de luz hasta unos cincuenta centímetros por encima de nuestra cabeza.
La seguimos con nuestra conciencia. La luz asciende, asciende y asciende, atraviesa y abre simbólicamente la coronilla y genera una esfera luminosa.
Esta esfera resplandece aproximadamente cincuenta centímetros por encima de nuestra cabeza y manifiesta, aunque sea todavía de forma embrionaria, el octavo chakra: el germen manifiesto de nuestro espíritu.
Dejamos que nuestra conciencia habite esta zona y permitimos que nuestra respiración se vuelva cada vez más libre y tranquila.
Nos sentimos vivir ahí, en el sol del octavo chakra, como si estuviéramos ligeramente por encima de nosotros mismos.
Llega entonces el momento de llamar interiormente, con el nombre que sintamos que debemos utilizar, a la presencia que nos guía y nos protege. Sabemos que hay una presencia a nuestro lado. La llamamos por su nombre.
Si nunca antes le hemos dado un nombre, podemos dejar que surja espontáneamente.
Nuestra llamada se convierte en una especie de mantra personal, un código de acceso a esta presencia. Repetimos su nombre aproximadamente una docena de veces, plenamente conscientes de lo que estamos haciendo.
Llamamos a la puerta de lo invisible para que nuestro Ángel protector nos escuche.
Entonces, la puerta se abre y nos dirigimos interiormente a la presencia que hemos solicitado.
De manera sencilla y espontánea, le pedimos ayuda o protección. Es importante repetir varias veces nuestra petición, para que pueda inscribirse profundamente en nuestros cuerpos superiores.
Hacemos que nuestra petición sea clara y precisa, procurando que nazca de lo mejor de nosotros mismos, desde el corazón.
Cuando sintamos que la petición ha sido realizada, no olvidamos agradecer a nuestra presencia protectora. Le ofrecemos, a cambio, lo más luminoso de nosotros mismos, poniéndolo al servicio de las personas que nos rodean y de la humanidad.
Es importante comprender que este agradecimiento permite que la energía del amor circule en ambos sentidos. Es esencial: es lo que crea el intercambio de la Vida.
Ahora inspiramos lenta y profundamente y, después, espiramos también lentamente, haciendo descender hasta el chakra base, en la base de nuestro cuerpo, la fina columna luminosa que habíamos llevado hasta nuestro octavo chakra.
Este descenso facilita la encarnación de la ayuda que ya hemos recibido, incluso aunque todavía no hayamos podido percibirla plenamente.
Permanecemos ahora durante un largo momento en silencio, permitiendo que se integre lo que hemos vivido y experimentado.
Dejamos que florezca en nosotros, de la mejor manera posible, el Amor que ha sido intercambiado.

Fuente
Autor
Daniel Meurois
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